CHHATTISGARH, INDIA — Cientos de cristianos en el estado de Chhattisgarh están siendo expulsados de sus hogares y aldeas por extremistas hindúes. Manu, un jornalero de 37 años, es uno de ellos. Se convirtió al cristianismo hace tres años, después de experimentar una sanación milagrosa. Él y su familia fueron obligados a abandonar su casa por no renunciar a su fe en Jesús.
«Fui expulsado de mi casa porque sigo a Jesús», dijo Manu a International Christian Concern (ICC). Desde el 21 de mayo, él, su esposa y sus dos hijos han vivido en un cobertizo temporal de bambú. «El pequeño refugio no nos protege de la lluvia ni del clima extremo. Antes era un gallinero, sin condiciones para vivir personas», agregó. Su familia lucha contra enfermedades y la falta de comodidades básicas.
La persecución no se detuvo con la pérdida de su hogar. Los aldeanos hindúes también le dieron la espalda a la familia, impidiéndoles comprar alimentos y dificultando que Manu encontrara trabajo. «Se me ha negado una existencia pacífica», relató Manu. A pesar de todo, se mantiene firme en su fe. «Jesús me dio la vida, me dio la paz, y estoy dispuesto a hacer cualquier sacrificio y soportar estas dificultades. Sé que todo vale la pena», afirmó.
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Situación más difícil para los cristianos en la región de Amrita
Otro caso es el de Abishek, de 31 años, quien fue brutalmente atacado y expulsado de su hogar con su hija de dos meses. A pesar de las dificultades, ha construido un refugio con cubiertas de polietileno. Abishek viaja 10 kilómetros diarios para encontrar trabajo y alimentar a su familia. «Pienso en mi familia en la aldea. Pensamientos salvajes me persiguen: ‘¿Y si mi familia es atacada de nuevo? ¿Y si son torturados en mi ausencia?'», confiesa.
La situación es cada vez más difícil para los cristianos en la región. Amrita y su madre fueron atacadas violentamente con armas de hierro por nacionalistas hindúes. La madre sufrió múltiples fracturas y está en cuidados intensivos. Amrita y sus hermanos se refugian en casa de otro creyente, y sus hijos no pueden ir a la escuela. «No sabemos cuánto tiempo nos quedaremos aquí. De lo único que estoy segura es de que no podemos volver a nuestra aldea», concluyó.
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