NOTICIACRISTIANA.COM.- La existencia de falsos profetas y apóstoles no es un fenómeno moderno, sino una advertencia recurrente en las Escrituras. Jesús mismo nos previno: “Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mateo 7:15). Muchos apóstoles y profetas se autoproclaman como enviados de Dios, pero su verdadera motivación es el enriquecimiento personal, guiando a otros por un camino de error.
¿De qué manera se discierne su autenticidad? la respuesta es el fruto que producen, como Jesús enseñó: “Por sus frutos los conoceréis” (Mateo 7:16, 20). Este fruto no se refiere a supuestos milagros o a la cantidad de seguidores, sino a un carácter moral que glorifica a Dios y a una doctrina que se adhiere fielmente a la verdad bíblica.
Un signo infalible de su falsedad es la distorsión del mensaje del evangelio para adaptarlo a una agenda. El apóstol Pablo emitió una seria advertencia contra quienes pervierten la verdad, afirmando: “Si alguno os predica diferente evangelio del que habéis recibido, sea anatema” (Gálatas 1:9).
El motor oculto: La codicia
La avaricia es el motor principal de los falsos profetas, un deseo desenfrenado por el poder y la riqueza material. La Biblia describe a estos maestros como individuos con el corazón “habituado a la codicia” e insaciables al pecar, usando “palabras infladas y vanas” para seducir a las almas inconstantes.
Para enriquecerse, manipulan la fe a través del llamado “evangelio de la prosperidad”. Interpretan erróneamente la ofrenda y el diezmo como una «ley de la siembra y la cosecha», prometiendo que la generosidad material será retribuida con riquezas y bendiciones de forma automática.
Esta teología es, en esencia, un mecanismo de control financiero y psicológico. Al convencer a los seguidores de que deben “amarrar la visión con una ofrenda”, la responsabilidad por el resultado queda completamente sobre el creyente. Si el milagro no ocurre, la culpa recae en la “falta de fe” del seguidor y no en el líder.
La mercantilización de la fe
La mercantilización de la fe no es un problema único de la actualidad; es la misma avaricia que el reformador Martín Lutero criticó en la venta de indulgencias del siglo XVI. Al igual que en su época se vendía la salvación, hoy se vende la bendición o la sanidad, lo cual es una herejía que desvirtúa el valor de la sangre de Cristo.
En su Tesis 28, Lutero escribió: “Cierto es que, cuando al tintinear, la moneda cae en la caja, el lucro y la avaricia pueden ir en aumento, más la intercesión de la Iglesia depende sólo de la voluntad de Dios”. Esta advertencia histórica es un claro eco para la iglesia contemporánea, mostrando que usar la fe para el lucro personal es una perversión del evangelio.

Discernimiento
Para protegerse del engaño, el creyente debe tomar en serio el mandato bíblico: “Amados, no creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 Juan 4:1). La mejor defensa contra un falso maestro es un conocimiento profundo y práctico de la Palabra de Dios, porque “para descubrir lo falso, se estudia lo verdadero”.
Los falsos profetas se disfrazan de siervos de Dios, pero son fácilmente reconocibles por el fruto de su carácter y la corrupción de su doctrina. No predican el evangelio de la gracia de Cristo, sino una versión distorsionada que se lucra del deseo humano de prosperidad material, haciendo de la fe un medio para la riqueza y no un fin en sí misma.
Anuncia tu producto, servicio o empresa, escríbenos al correo: [email protected]














