NOTICIACRISTIANA.COM.- Actualmente, en el ámbito de la música cristiana, ha surgido una tendencia preocupante. Se trata de canciones que, aunque se etiquetan como «adoración», suenan y se sienten más a la música popular del mundo. Esta fusión de estilos levanta preguntas serias sobre la autenticidad de la adoración que se ofrece a Dios. ¿Es realmente adoración si sus raíces están en la carne y no en el espíritu?
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La adoración es, en esencia, la respuesta completa de todo lo que el ser humano es a todo lo que Dios es. El Señor Jesucristo desarrolló un estándar atemporal, declarando en Juan 4:23-24 que el Padre busca adoradores que le adoren “en espíritu y en verdad”. Esta adoración no depende del entorno, sino de la condición del adorador: un corazón regenerado y una mente que comprende la verdad.
Teólogos como AW Tozer y John MacArthur han defendido esta perspectiva holística de la adoración. Tozer la consideró como «la máxima obsesión» de la vida del cristiano, enfatizando que toda la personalidad debe adorar a Dios o la adoración no es perfecta. MacArthur afirma que la forma más pura de adoración es el «contentamiento», elevando el acto de adorar por encima de un momento congregacional.
El peligro de música carnal y las letras vacías

El debate sobre los ritmos musicales no es cuestión de gusto, sino de compatibilidad con la santidad de Dios. John MacArthur ha advertido que los ritmos con un enfoque en lo sensual no pueden glorificar a un Dios santo. Esto a menudo es una estrategia pragmática para atraer a la gente, ignorando la advertencia de Romanos 12:2 de no amoldarse al mundo.
Voddie Baucham, un pastor, autor y educador estadounidense, señala que la arquitectura moderna de las iglesias, con su énfasis en el escenario central, transmite un mensaje de entretenimiento, donde la música tiene mucha énfasis. Esta búsqueda de relevancia mundana compromete la misión de la iglesia, pues «con lo que ganas a las personas es a lo que las ganas». La adopción de estos estilos puede producir un evangelio de entretenimiento, suavizando la Palabra de Dios.
La primacía de la Palabra es innegociable en la adoración. En Colosenses 3:16, Pablo exhorta a los creyentes a que la «palabra de Cristo habite ricamente en ustedes» a través del canto. Paul Washer también afirma que la música debe ser un reflejo de la santidad de Dios.
Una crítica recurrente es la superficialidad lírica y la repetición. Paul Washer advierte sobre la «repetición vana» que tiene como fin «quitar el pensamiento de la adoración». John MacArthur contrasta las letras «empalagosas y ambiguas» de algunas canciones modernas con la riqueza doctrinal de los grandes himnos que celebran verdades profundas.
La adoración en Espíritu y verdad
La adoración genuina implica una respuesta emocional a la grandeza de Dios, pero es crucial distinguir entre emoción y emocionalismo. Voddie Baucham advierte contra caer en la «zanja del emocionalismo», que es la búsqueda y manipulación de sentimientos por encima del conocimiento de la verdad. Las emociones deben estar «informadas por la Palabra» para ser una respuesta coherente.
Paul Washer afirma que un incrédulo no debería sentirse cómodo en un servicio de adoración donde la presencia de Dios es real, ya que esta presencia lo confrontará con su pecado. El emocionalismo, por el contrario, se convierte en un sustituto del Espíritu Santo, utilizando ritmos y luces para simular el motor del Espíritu, sin tener una base en el evangelio.
La música de adoración genuina no es una cuestión de estilo, sino de teología y fidelidad bíblica. Debe priorizar la verdad de la Palabra y la edificación de la congregación sobre el entretenimiento y la manipulación de emociones.
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