NOTICIACRISTIANA.COM.- Mucho del evangelio que se predica hoy en día, a menudo, se centra en el bienestar personal, la autoestima y el amor propio, prometiendo una vida de comodidad y felicidad. Este enfoque, que evita temas como el pecado, el juicio y el sacrificio, crea creyentes superficiales que carecen de la perseverancia para enfrentar un mundo caído.
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Este mensaje sentimentalista se despoja de su poder al omitir la doctrina del pecado. Para que haya «buenas nuevas», debe haber primero «malas noticias,» que es la comprensión de que la humanidad se encuentra en un estado de rebelión contra Dios y está bajo su justa condenación.
Los Padres de la Iglesia, como Agustín de Hipona, entendieron que el pecado original fue una doble desobediencia a Dios y a uno mismo, un castigo que afectó a toda la humanidad. La gracia de Dios es necesaria para librarnos de esta condición, un concepto ausente en el evangelio que solo habla de autoayuda.
Martín Lutero advirtió contra la «teología de la gloria,» que busca a Dios en la grandeza y el éxito humano. En cambio, su «teología de la cruz» revela que Dios se encuentra en el sufrimiento y la humillación, y que la verdadera fe se basa en la obra de Cristo y no en nuestros propios esfuerzos. Este enfoque rechaza la idea de que la fe es una «inversión» para obtener beneficios o que se puede «obligar» a Dios a actuar.
Fundamento del evangelio: la cruz

El apóstol Pablo declaró en 1 Corintios 1:18 que «la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios». El evangelio no es un mensaje de auto-mejoramiento, sino el poder que transforma vidas a través del escándalo del sacrificio de Cristo.
Charles Spurgeon, el «príncipe de los predicadores,» advirtió contra predicar un evangelio que elude la cruz. Para él, un mensaje sin arrepentimiento es un evangelio falso, ya que la cruz confronta nuestra autosuficiencia y nos exige una fe implícita, sin depender de la razón o las obras.
Llamado al evangelio de Cristo
Un mensaje enfocado en el bienestar personal, generalmente reduce la fe a un intercambio transaccional, donde se ofrece a Dios un «diezmo como seguro» o una «inversión» para recibir beneficios financieros a cambio, lo que va en contra del principio de sacrificio que es central en el mensaje de la cruz. El sufrimiento no es un signo de desaprobación divina, sino una parte inherente de la vida del creyente. Dios usa la aflicción como una disciplina amorosa para reajustar nuestras prioridades, derribar ídolos y edificar un carácter piadoso en nosotros.
Además, el dolor nos equipa para el ministerio y el servicio a los demás. Al pasar por la adversidad, los creyentes están mejor preparados para consolar a quienes sufren de manera similar. Dios tiene el poder de transformar nuestras «crucifixiones en resurrecciones» y darnos gozo en medio de la prueba.
El llamado de Jesús fue claro y contundente: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz cada día, y sígame» (Lucas 9:23). Este discipulado no es un milagro instantáneo, sino un proceso diario de obediencia, rendición y sacrificio por causa de Cristo.
La paz y el gozo verdaderos no provienen de una vida sin problemas, sino de una fe que acepta la cruz. La única fe que puede soportar la prueba de la adversidad es aquella que se aferra al escándalo de un Salvador crucificado, reconociendo que la fuerza de Dios se revela en la debilidad humana.
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