NOTICIACRISTIANA.COM.- Aquí estamos, en el umbral. El último día del año se despliega como una página en blanco, pero, antes de escribir en ella, nos volvemos para contemplar la que está a punto de cerrarse.
Es inevitable: un suspiro de nostalgia nos envuelve. La mente recorre, como un álbum de fotos vivas, los doce meses que se desvanecen. Allí están las sonrisas brillantes, los logros celebrados, los días de quietud y paz. Pero también están las sombras: las pérdidas que aún duelen, las oraciones que parecieron no encontrar respuesta, los desafíos que nos hicieron flaquear.
En este balance íntimo, entre la luz y la penumbra, es donde la gratitud encuentra su verdadero y más profundo significado. No es un simple “gracias” por lo agradable, sino una postura del corazón que reconoce, con fe humilde, una presencia inquebrantable: “Dios estuvo aquí”.
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La gratitud, en este último día, es el acto de fe que elige ver más allá de la circunstancia. Es detenerse y recordar el regalo inesperado, las personas que cambiaron tu vida, la mano amiga que surgió en el momento justo, la fuerza que brotó cuando ya no quedaba, y susurrar: “Gracias, Padre, porque eso eras Tú”. Es recordar la promesa de Romanos 8:28, que todas las cosas ayudan a bien para los que aman a Dios. Incluso aquellas que en su momento nos desgarraron o afligieron.
Quizás este año trajo una bendición tan grande que aún te maravilla. Agradece con gozo. Pero quizás trajo un valle de lágrimas. Y aún allí, en la santa paradoja del Reino, podemos hallar un motivo para una gratitud serena. Agradecer no por el dolor, sino en medio de él, porque Su gracia fue suficiente, porque Su consuelo no nos faltó, porque aprendimos a aferrarnos a Él como nunca antes. Es la gratitud que dice: “Señor, no entiendo, pero confío. Y te agradezco porque no me soltaste la mano”.
Gratitud en el último día

Hoy, en este último día, toma un momento en silencio. Recorre tu año. Detente en esos instantes cruciales, en los giros inesperados. Pregúntate: ¿Dónde estuvo Dios en esto? Verás Su huella. En la medicina que funcionó, en la palabra oportuna, en la puerta que se cerró para evitar un error, en la paz que guardó tu corazón en la tormenta. Él estuvo en lo monumental y en lo cotidiano, en el nacimiento y en el funeral, en la promoción y en el despido. Fiel.
Cerrar el año con gratitud no es ignorar el dolor ni fingir una felicidad artificial. Es un acto de guerra contra el resentimiento, la amargura y el desánimo. Es colocar cada pieza de tu año, hermosa o astillada, en las manos del Alfarero, y confiar que Él puede y quiere redimirlo todo. Es, al final, reconocer que el mayor regalo no fue lo que sucedió o dejó de suceder, sino Quién estuvo (y estará) contigo.
Así que, mientras el reloj se acerca a la medianoche y el mundo celebra con fiesta, encuentra un momento de quietud. Eleva tu corazón. Agradece por lo claro y por lo oscuro, porque en todo, Él fue tu compañía constante. Y con ese corazón agradecido, da el paso hacia el año nuevo. No porque el futuro sea predecible, sino porque el Dios que te sostuvo en el año que se va, es el mismo que va delante de ti en el que comienza. “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (2 Corintios 9:15). El don de Su presencia. Eso, hoy y siempre, es más que suficiente.
Que tu último día termine, y tu nuevo año comience con un tu gratitud en los labios y una confianza renovada en el corazón.
En este último día del año solo resta decir: ¡Gracias Dios por todo!
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