NOTICIACRISTIANA.COM.- «Pon tu delicia en el Señor, y Él te dará las peticiones de tu corazón.» Salmo 37:4 (LBLA)
Para muchas mujeres cristianas, este versículo ha sido fuente de consuelo, anhelo y (a veces) confusión. ¿Es una promesa de que me dará lo que más deseo? ¿Se trata de encontrar pareja, tener hijos, obtener un empleo, o sanar una enfermedad? ¿Estoy autorizada a “reclamarlo”?
Christopher Ash, autor y expositor bíblico, nos invita a mirar más de cerca lo que este texto realmente enseña.
¿Qué tipo de “deseos” promete el Señor?
No todos los deseos del corazón son agradables a Dios. Si anhelamos cosas que contradicen su voluntad (como el daño a otros, la codicia o la envidia) claramente no estamos dentro del alcance de esta promesa. Pero incluso cuando deseamos cosas buenas y legítimas (una familia, salud, estabilidad económica), la respuesta de Dios puede ser “sí”, “no” o “todavía no”.
Ash advierte que Salmo 37:4 no garantiza que obtendremos cada cosa que anhelamos, ni que podamos forzar a Dios a cumplir deseos personales simplemente citando este versículo.
¿A quién va dirigida esta promesa?
El “te” de este pasaje no es genérico. Está dirigido a la mujer que se deleita en el Señor. Es decir, aquella cuya mayor pasión no son las bendiciones que Dios pueda dar, sino Dios mismo. Una mujer que ama su presencia más que los resultados, que desea su gloria más que reconocimiento, y que busca su reino antes que cualquier otro logro.
En otras palabras, Dios promete algo más profundo que cualquier regalo terrenal: promete darse a sí mismo. Y cuando Él es nuestro deleite, Él mismo se convierte en la mayor petición de nuestro corazón.
“¿Quieres a Dios? Lo tendrás a Él. ¿Te deleitas en Dios? Lo disfrutarás a Él.” – Christopher Ash.
Una promesa que libera, no que oprime

Muchas mujeres, incluso sinceras en su fe, pueden sentirse culpables por tener deseos no satisfechos, pensando que “no han amado a Dios lo suficiente”. Pero Ash nos recuerda que nadie se deleita perfectamente en el Señor. Solo Cristo lo hizo con pureza total, y es en Él que nuestras imperfecciones encuentran descanso.
Así, este versículo no debe ser usado como presión espiritual para “hacer méritos”, sino como invitación a amar a Dios con sinceridad y confiar que, mientras lo buscamos, nos dará lo mejor: su presencia, su guía y su paz.
¿Cuál es tu mayor petición?
Si eres madre, esposa, estudiante, profesional, o estás en medio de una temporada de espera, este versículo no es una fórmula mágica. Es una promesa viva para aquellas que colocan a Dios en el centro. Deléitate en el Señor (no solo en lo que esperas recibir) y descubrirás que el mayor regalo es Él mismo.
Artículo adaptado. Original de TGC.
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